2.09.2015

Una fábula griega sobre moralidad, de Joseph E. Stiglitz Professor de la Universitat de Columbia i Nobel d'Economia (d'El pulpito laico)


Cuando comenzó la crisis del euro hace media década, los economistas keynesianos predijeron que la austeridad que se estaba imponiendo en Grecia y los demás países en crisis sería un fracaso. Estrangularía el crecimiento y aumentaría el desempleo - e incluso fracasaría a la hora de reducir la ratio entre deuda y PIB. Otros -en la Comisión Europea, el Banco Central Europeo, y algunas universidades - hablaron de contracciones expansivas. Pero incluso el Fondo Monetario Internacional sostuvo que las contracciones, como los recortes en el gasto público, eran sólo eso: contractivas.
No necesitábamos más pruebas. La austeridad ha fallado en varias ocasiones, desde su primera aplicación con el presidente estadounidense Herbert Hoover, que convirtió el crash bursátil en la Gran Depresión, hasta los "programas" impuestos por el FMI en Asia y América Latina en las últimas décadas. Y sin embargo, cuando Grecia se metió en problemas, se intentó de nuevo.
Grecia ha cumplido en gran medida con el dictado establecido por la "troika" (la Comisión Europea, el BCE y el FMI): convirtió un déficit presupuestario primario en un superávit primario. Pero la contracción del gasto público ha sido, como era de prever, devastadora: 25 por ciento de desempleo, una caída del 22 por ciento en el PIB desde 2009, y un aumento del 35 por ciento en la relación deuda-PIB. Y ahora, con la abrumadora victoria en las elecciones del partido anti-austeridad Syriza, los votantes griegos han declarado que ya han tenido bastante. 
Entonces, ¿qué hacer? En primer lugar, seamos claros: podríamos culpar a Grecia de sus problemas si fuera el único país donde la medicina de la troika ha fracasado miserablemente. Pero España tenía superávit y una baja ratio de deuda antes de la crisis, y también acabó en depresión. Lo que se necesita no es tanto reformas estructurales en Grecia y en España sino una reforma estructural del diseño de la eurozona y un replanteamiento fundamental de las directrices políticas que han dado lugar a un pésimo comportamiento de la unión monetaria.
Grecia nos ha recordado también, una vez más, lo necesitado que está el mundo de una reestructuración de la deuda. Una deuda excesiva causó no sólo la crisis de 2008, sino también la crisis asiática en los 90 y la crisis de América Latina en la década en los 80. Continúa provocando un sufrimiento indecible en los EE.UU., donde millones de propietarios de viviendas han perdido sus hogares, y ahora está amenazando a millones más en Polonia y donde quiera que se adquirieron préstamos en francos suizos.
Dada la cantidad de angustia que provoca la deuda excesiva, uno podría preguntarse por qué tanto personas como países se ponen repetidamente en esta situación. Después de todo, esas deudas son contratos - es decir, acuerdos voluntarios - de manera que los acreedores son tan responsables de ellos como deudores. De hecho, podría decirse que los acreedores son más responsables: por lo general, se trata de instituciones financieras sofisticadas, mientras que los prestatarios con frecuencia están menos familiarizados con las vicisitudes del mercado y los riesgos asociados a los diferentes acuerdos contractuales. De hecho, sabemos que los bancos estadounidenses fueron a cazar a sus prestatarios, aprovechándose de su falta de sofisticación financiera.
Todos los países (avanzados) se ha dado cuenta de que para que el capitalismo funcione es necesario dar una segunda oportunidad a las personas. Meter en prisión a los deudores en el siglo XIX fue un fracaso -algo inhumano, que no ayudó precisamente a pagar las deudas. Lo que sí ayudó fue ofrecer mejores incentivos para las buenas prácticas crediticias, haciendo a los acreedores más responsables de las consecuencias de sus decisiones.
A nivel internacional, todavía no hemos creado un proceso ordenado que dé a los países una nueva oportunidad. Desde incluso antes de la crisis de 2008, Naciones Unidas, con el apoyo de casi todos los países en desarrollo y emergentes, ha estado tratando de crear un marco de este tipo. Pero los EE.UU. se han opuesto rotundamente; tal vez quieran reinstaurar las prisiones de deudores y llenarlas de funcionarios de países sobreendeudados (si fuera así, podría encontrarse espacio en Guantánamo).
La idea de reabrir cárceles para deudores podría parecer descabellada, pero su eco resuena cuando hablamos de riesgo moral y de rendición de cuentas. Existe el temor de que si se le permite a Grecia reestructurar su deuda, simplemente volverá a meterse en problemas, al igual que los demás.
Es un disparate. ¿Alguien en su sano juicio cree que cualquier país estaría dispuesto a pasar por lo que Grecia ha tenido que pasar, sólo para conseguir librarse de sus acreedores? Si existe un riesgo moral, es por parte de los prestamistas - sobre todo en el sector privado - que han sido rescatados en repetidas ocasiones. Si Europa ha permitido que estas deudas se muevan desde el sector privado al sector público - un patrón bien establecido en el último medio siglo - es Europa, no Grecia, quien debe soportar las consecuencias. De hecho, los apuros actuales de Grecia, incluido el enorme aumento del ratio de la deuda, es en gran parte culpa de los programas equivocados que la troika ha impuesto.
Así que no es la reestructuración de la deuda, sino su ausencia de esa reestructuración, lo que es "inmoral". No hay nada singular en los dilemas que Grecia afronta hoy en día; muchos países han estado en la misma posición. Lo que hace que los problemas de Grecia sean más difíciles de abordar es la estructura de la zona euro: la unión monetaria implica que los Estados miembros no pueden devaluar su moneda para superar sus problemas, y sin embargo, no hay rastro del mínimo de solidaridad europea que debe acompañar a esta pérdida de flexibilidad política.
Hace setenta años, al final de la II Guerra Mundial, los aliados reconocieron que Alemania debía poder comenzar de nuevo. Se entendió que el ascenso de Hitler tuvo mucho que ver con el desempleo (no con la inflación) que resultó de imponer más deuda en Alemania a finales de la I Guerra Mundial. Los aliados no tuvieron en cuenta la estupidez con la que las deudas se habían acumulado ni hablaron de los costes que Alemania había impuesto a los demás. A cambio, no sólo perdonaron las deudas; de hecho, facilitaron ayuda, y las tropas aliadas estacionadas en Alemania fueron un estímulo fiscal adicional.
Cuando las empresas quiebran, un canje de deuda por acciones es una solución justa y eficiente. El enfoque análogo para Grecia es convertir sus bonos actuales en bonos vinculados al PIB. Si Grecia va bien, sus acreedores recibirán más dinero; si no, recibirán menos. Ambas partes tendrían un poderoso incentivo para aplicar políticas a favor del crecimiento.
Rara vez las elecciones democráticas dan un mensaje tan claro como el de Grecia. Si Europa dice no a la demanda de los votantes griegos que piden un cambio de rumbo, se estará diciendo que la democracia no es importante, al menos cuando se trata de economía. ¿Por qué no acabamos con la democracia, como hizo Terranova cuando entró en suspensión de pagos antes de la II Guerra Mundial?
Uno confía en que los que entienden de los mecanismos económicos de la deuda y la austeridad, y además creen en la democracia y los valores humanos, se impongan. Esta por ver si lo harán.

Este artículo de Project Syndicate apareció originalmente publicado en The Huffington Post, y ha sido traducido del inglés.